14 de agosto de 2007

Taller de Análisis Militar «Oscar Riquelme»

En el segundo número de la Revista Principios, considerando
la masiva y positiva respuesta de militantes y dirigentes del
Partido, el Taller de Análisis Militar «Oscar Riquelme» (Viejo
Pablo) ha querido, desde este espacio, hacer un aporte a la
discusión de nuestro XXIII Congreso entregando algunas
consideraciones sobre los cuadros militares del Partido y la
necesidad de su plena incorporación a las tareas de hoy.

La definición de nuestro partido como un partido
de nuevo tipo, un partido leninista, formulada
a poco tiempo del congreso del 1 y 2 de enero
de 1922, implicaba una profunda y completa
definición del carácter de nuestra organización.
Se decía por nuestros organismos dirigentes, y
fue parte de la riqueza teórica del partido, que el
ser un partido de nuevo tipo significaba, entre
sus características principales, el que era una organización
de clase, el partido de la clase obrera.
Esto no fue una definición antojadiza. La
clase obrera, de acuerdo a nuestra concepción
marxista, era portadora –decimos era porque al
parecer para los nuevos ideólogos y dirigentes
del partido, ya no lo es- de contenidos sociales
y económicos, que la hacían una fuerza motora
de la transformación de la sociedad, por ser fundamental
en el proceso productivo capitalista,
ya que sin ella resulta imposible la producción
de bienes y servicios, y en definitiva de riqueza,
por ser el trabajo humano la fuente de toda
riqueza; por participar masivamente en los procesos
productivos. Es decir en grandes industrias
y a escala de toda la sociedad, pues como
grupo humano era el principal soporte de la economía.
Es decir, participaba socialmente en la
producción de riqueza. Esa actuación colectiva
la convertía en portadora de una nueva forma
de orden y organización social y económica: la
colectiva.

Un segundo rasgo determinante del carácter de
nuestro partido, era que se organizaba como partido
de clase para luchar por la conquista del
poder, justamente para esa clase a la que pertenecía
e impulsar un proceso de transformaciones
revolucionarias en el país, tocantes a la economía,
la política y la sociedad toda. En definitiva,
la construcción de una sociedad socialista
en nuestra patria.
Otro aspecto propio del carácter del partido de
nuevo tipo, era su forma de organización y la
disciplina interna, basado en las normas
leninistas de organización (Dirección Colectiva,
Centralismo Democrático y Crítica y
Autocrítica, detrás de las cuales se alinean la
unidad de acción, la dirección única, el trabajo
colectivo, la disciplina consciente y la estrecha
vinculación con las masas).
Un rasgo propio de una organización que se inspira
en el marxismo leninismo es, entre otros,
el dominio de todas las formas de lucha y la
capacidad de pasar de unas a otras de acuerdo
lo exijan las circunstancias. Así lo señala el propio
Lenin en su trabajo “El Izquierdismo, Enfermedad
Infantil del Comunismo”, no para
hacer de sus contenidos un dogma, sino por el
contrario, recoger toda la riqueza de lo que son
las más variadas formas de lucha, su conocimiento
y aplicación creativa de acuerdo a las leyes y regularidades propias del desarrollo de
la lucha de clases.
De allí que la constatación del llamado vacío histórico
en la línea de nuestro partido, luego de la derrota
del gobierno de la Unidad Popular, no hizo
más que poner en evidencia uno de los principales
elementos de una crisis político-ideológica
no resuelta. La constatación de que las clases dominantes
no permitirán un cambio económico y
social que las erradique del poder y control total
de las riquezas de la nación y privilegios que ello
conlleva, debió servir para efectuar una cabal corrección
en la concepción y la línea de nuestra
estrategia.
Por eso la importancia que reviste estar armados
ideológicamente. Es lo que permite concebir una
estrategia correcta, especialmente acorde con la
teoría y práctica, nacional e internacional de la
lucha de clases.
Por todo lo anterior, la cuestión militar, lo atingente
a la fuerza, son elementos integrantes de
toda estrategia política y especialmente de la revolucionaria.
Sin embargo, la formación de oficiales
y especialistas militares en nuestro partido,
no surgió inspirada en una sólida definición
estratégica. En primer lugar porque el impulso
vino desde afuera. Es decir, no fue una ocurrencia
o fruto de la elaboración teórica y estratégica
de nuestra organización o alguno de sus órganos
dirigentes. A pesar de que existía una gran sensibilidad
e interés al interior del partido y juventud
por esas materias. Por eso, cuando surgió la
tarea de formar cuadros militares, encontró respuesta
entre parte importante de la militancia.
Pero se vuelve a cometer otro pecado capital: no
sensibilizar a todo el partido para este esfuerzo,
no prepararlo ideológicamente, no capacitarlo
militarmente. En resumen, no hacerlo actor pleno
de la nueva etapa de la lucha. Se deja el quehacer
en manos de los especialistas y el partido
pasa a ser una fuerza de apoyo a las acciones
combativas. Incluso las unidades de combate
del partido representaron grupos aislados –no
sólo por la compartimentación- sino que en su
cometido.
Estuvo escasamente presente en la lucha contra
la dictadura el concepto de masa armada, uno de
los componentes esenciales de todo levantamiento
popular, puesto que las rebeliones no son obras
de pequeños grupos de especialistas. En tal sentido
fueron omitidos de la práctica la construcción
de un ejército político de la revolución
antidictatorial y del correspondiente ejército revolucionario
del pueblo, al que teóricamente debían
converger las organizaciones que desarrollaban
acciones combativas contra la dictadura,
con todas sus fuerzas y medios, incluida la fuerza
militar propia; los grupos y elementos que se
desprendieran de las Fuerzas Armadas y finalmente
al que se debía incorporar a la masa armada,
es decir al bajo pueblo, a trabajadores, pobladores,
estudiantes, campesinos, hombres y
mujeres en armas. Cuestión que demanda un proceso
de construcción y trabajo que no estuvo presente
en los esfuerzos para derrocar a la tiranía.
La formación de oficiales y otros especialistas
militares debió ser parte de una maduración estratégica
superior, que apuntaba al derrocamiento
del régimen dictatorial y la constitución de
nuevas Fuerzas Armadas.
La experiencia adquirida por quienes recibieron
formación militar profesional, convirtiéndose
en oficiales, que además adquirieron experiencia
combativa en guerras de verdad, chocó
inevitablemente con la precariedad, no del
conjunto del partido, sino especialmente con la
disposición de los órganos de dirección de éste
y sus integrantes. Luego no es culpa de la
militancia, exclusivamente, no estar preparada
para asimilar todos los contenidos de una política
militar revolucionaria.
Un reflejo de lo dicho, fueron las declaraciones
del compañero Guillermo Teillier, presidente de
nuestro partido, en cuanto que la formación de
militares profesionales por nuestra parte, obedecía
al “propósito de ayudar a la reestructuración
y llenar un vacío que se produciría en las FF.AA.
frente a una salida democrática en el país”.
Los oficiales profesionales capacitados por las
escuelas matrices de varios países socialistas, trabajaron en unidades militares de aquellos, fueron
profesores en escuelas de cadetes y adquirieron
experiencia combativa en países como
Nicaragua, Angola, El Salvador y Colombia.
Algunos de los cuales recibieron preparación en
academias superiores retornaron al país para integrarse
al FPMR, ocupando las más altas responsabilidades,
o asumiendo responsabilidades
en el TMM del partido u otras instancias partidarias,
en un esfuerzo por permear al partido
ante los enormes desafíos de la gran tarea de
derrocar a la dictadura.
El paso del tiempo, las experiencias vividas
en el país, mostraron que la actividad militar
estuvo orientada esencialmente desde un punto
de vista táctico, carente de visión estratégica.
Gran parte de nuestro accionar tuvo
como objetivo generar hechos políticos relativos
a la contingencia, sin que se cimentara
la construcción de una fuerza con proyección
estratégica, que se consolidara en el tiempo
en el proceso de acumulación de fuerzas para
definir, cuando surgieran las condiciones objetivas,
el problema del poder.
Tales condiciones quedaron en evidencia
cuando triunfó la opción NO, en el plebiscito
de 1988, y ese éxito se ratifica más tarde en
el triunfo de las elecciones presidenciales de
1989, en que ganó Patricio Aylwin, con la participación
electoral de cientos de miles de personas
contrarias a la dictadura. El análisis del
partido daba cuenta de la intervención norteamericana
en la configuración del nuevo escenario,
del papel jugado por la DC y el acomodo
del PS, lo que nos dejaba al borde del
aislamiento. Pero el aislamiento del partido
ya estaba definido. Era una imposición norteamericana
a la que accedieron incluso antiguos
aliados.
Sin embargo, la pregunta sobre un eventual
aislamiento del partido si emprendía una lucha
frontal contra la dictadura, que incorporara
el elemento militar en la perspectiva de
un levantamiento popular que arrojara al tirano,
estaba en el tapete desde antes que se
anunciara la Política de Rebelión Popular de Masas (PRPM) y, cuando se optó por iniciar
ese camino, representaba un desafío, un elemento
más del escenario, pero no una amenaza
que aconsejaba abandonar la idea. Por
lo tanto, el tema de fondo no era quedarnos
solos o no. Más aún, si consideramos la actuación
en la lucha contra la dictadura de diversas
organizaciones, el aporte del partido y
el despliegue del accionar combativo, fuera
éste del FPMR o de estructuras partidarias
propiamente, jugó un papel determinante. Fue
esto y no otra cosa, lo que llevó a la mesa de
negociaciones a la Concertación, al militarismo
y a los EE.UU., que los reunió a todos.
La forma en que se enfrenta este escenario,
vuelve a demostrar que la intención de constituir
una fuerza militar no perseguía fines estratégicos
o al menos estos no existían.
Otra muestra de ello fue el acelerado proceso
de desarme y desmantelamiento de las estructuras
militares emprendido por la dirección
del partido, que no correspondía a un repliegue
táctico, como se intentó presentar dicho
esfuerzo.
Por todo lo anterior resulta especialmente molesto,
aunque muy ilustrativo, lo dicho por el
compañero Teillier a Diario Siete (semanas
antes de que lo cerraran), en cuanto a que
nuestros oficiales podrían perfectamente incorporarse
a las FF.AA. La opinión formulada
con bastante liviandad al parecer, no contempla
el carácter de clase de los institutos
armados del país, las que preservan sus roles
fundamentales de guardianes del orden
imperante que asegura lo más ancho del embudo
para los dueños del país y los más angosto
para el resto, el que deben garantizar
con las armas.
El destino de los cuadros militares y especialmente
de los oficiales no debiera estar precisamente
en las actuales FF.AA., pues su formación
no fue concebida para acomodarlos
en la institucionalidad impuesta a sangre y
fuego por la dictadura y preservada por los
gobiernos de la Concertación.

El papel de quienes fueron formados como militares
profesionales y quienes recibieron otros
niveles de formación militar, debiera estar orientado
a la actualización de sus conocimientos, al
estudio e investigación de los asuntos relativos a
la defensa nacional y de la fuerza pública, así
como a la elaboración de propuestas sobre cada
una de estas materias. Pero por sobre todo, sus
capacidades debieran contribuir al desarrollo del
conocimiento y dominio de las materias militares
por el conjunto del partido, de modo que se
potencie la elaboración colectiva partidaria de
los asuntos relativos al papel de la fuerza en los
procesos sociales, sus características, vías y formas
de implementación.
El rol y ubicación de quienes tuvimos el alto
honor de asumir una función militar en la lucha
de nuestro pueblo contra la dictadura, es algo que
no merece ser tratado con la liviandad que hasta
ahora ha sido característica por parte de la dirección
de nuestro partido. El trato recibido a lo largo
de años ha generado, en muchos de nosotros,
grados crecientes de desconfianza sobre los máximos
órganos de dirección.
En resumen, consideramos indispensable el rearme
de la conciencia del partido, no para la vulgarización
del quehacer y el hacer militar en la
lucha social, sino por el enriquecimiento en la
elaboración colectiva de toda clase de iniciativas
organizativas, como de lucha, en la elaboración
de doctrina y en la incorporación y despliegue
de la metodología militar revolucionaria en
la planificación y conducción de las más variadas
iniciativas. No se trata de una militarización
del partido, sino de potenciar todas las capacidades
existentes de un modo totalizador, es decir,
aplicando una visión leninista de la totalidad del
trabajo y desarrollo partidario. Se trata de la
interrelación dialéctica de todos los componentes
de una auténtica política revolucionaria, en
el entendido de que las condiciones objetivas no
se decretan y es respecto de ellas que adquieren
mayor importancia unas u otras formas de lucha.
Pero lo definitivo es que el partido revolucionario
debe dominarlas y estar capacitado para
pasar de unas a otras según lo requieran las condiciones
de lucha.

Cuando no se cumple con estas condiciones, la
organización se distancia de las cuestiones militares
y, cuando surge la necesidad de aplicarlas,
están fuera de alcance y aparecen por tanto como
un elemento ajeno a nuestra política y de tan ajeno,
pasan a ser una amenaza a nuestra política,
pues no las conocemos y sólo sabemos que implican
demasiados riesgos, debido a que siempre se
teme mucho más a aquello que no se conoce. Más
aún, en la política revolucionaria en general la improvisación
no suele ser un aporte consistente y,
cuando se trata del componente militar, la improvisación
es sencillamente suicida.
En esta dirección el partido debiera realizar esfuerzos
que posibilitaran el correcto aprovechamiento
de estos militantes. Todos debieran militar
en células y constituir un aporte para cada
órgano de dirección del partido, sean comunales
o regionales, además de una coordinación
centralizada que asegure el mejor rendimiento
de este potencial.
La aplicación de medidas para incorporar
este significativo grupo de militantes y los
cuadros que levantaron y aplicaron la PRPM,
permitiría sumar un conjunto de capacidades
hoy dispersas y una importante recuperación
de cuadros, que recibirían y enviarían
a la vez, una importante señal respecto al
asentamiento de una apolítica coherente y revolucionaria.
Adelante con el XXIII Congreso,
por un Partido para la Revolución.
Con Luis Emilio Recabarren,
Víctor Díaz López, Gladys Marín
y todos nuestros héroes en el corazón
¡mil veces venceremos!

Comité Editorial
Revista Principios
Julio, 2006.

Un poco de Historia

Hace 92 años, en el local del diario El Despertar de los Trabajadores en Iquique, una treintena de obreros fundaron el Partido Obrero Socialista que, diez años después, cambiaría su nombre a Partido Comunista de Chile.

En su primer Programa establece: «El Partido Obrero Socialista expone que el fin de sus aspiraciones es la emancipación total de la Humanidad, aboliendo las diferencias de clases y convirtiendo a todos en una sola clase de trabajadores, dueños del fruto de su trabajo, libres, iguales, honrados e inteligentes, y la implantación de un régimen en que la producción sea un factor común y común también el goce de los productos».

Mucha historia ha transcurrido desde esos días de lucha clandestina en las salitreras nortinas. El Partido ha sido actor principal en los avances democratizadores y en la adquisición de derechos en favor de los trabajadores, las mujeres y los jóvenes. Ha formado parte de diversas alianzas, siempre poniendo en el centro los intereses de la clase obrera, como el Frente Popular, que llegaría a la presidencia con Pedro Aguirre Cerda; La Alianza Nacional Antifascista, que apoyaría la candidatura de Juan Antonio Ríos (en ambos casos el Partido no formó parte del gobierno); el Frente de Acción Popular y la Unidad Popular, que llevaría al pueblo a La Moneda con la victoria de Salvador Allende. Esa historia ha sido construida con el aporte de miles de comunistas, entre ellos Luis Emilio Recabarren, Elias Lafferte, Galo González, Oscar Astudillo, Ricardo Fonseca, Américo Zorrilla y Julieta Campusano.

DEFORMACIONES SOCIALDEMÓCRATAS

En el IX Congreso del Partido (1945), se constataron deformaciones en la aplicación de la línea política que consistían en “una tendencia a la colaboración y a la conciliación con la burguesía bajo la Alianza Nacional (…) el Partido no había ligado suficientemente la lucha por la solidaridad con la URSS y los aliados, con la lucha por eliminar el latifundio, el dominio imperialista y por las reivindicaciones de las masas, las que así en parte quedaron desatendidas, con lo cual la influencia del partido en ellas se estancó”. Rasgos similares a los que se observan en la actual crisis de conducción del Partido y que nos han llevado a tener una baja presencia en el movimiento de masas.

Luego vino la decisión de apoyar la candidatura del Radical Gabriel González Videla, gobierno en el cual el Partido tuvo tres ministerios pero que culminó con la traición de éste y la ilegalización del Partido, tras la represión desatada por la Ley de Defensa de la Democracia, conocida por todos como la Ley Maldita.

De este período se saldría fortalecido por la decisión de no abandonar la lucha de masas y la presencia activa en las organizaciones del pueblo. Aún clandestinos se participa en la formación del Frente del Pueblo y en la primera candidatura a la presidencia de Salvador Allende. Recobrada la legalidad, tras la formación del Bloque de Saneamiento Democrático, el Partido contribuye a la fundación del FRAP, apoya el segundo intento de Salvador Allende, quien pierde de manera estrecha con el candidato derechista Jorge Alessandri, lo que se repite en 1964 por la bajada del candidato derechista y su apoyo al reformista DC Eduardo Frei Montalva.

TRIUNFO Y DERROTA DE LA UP

Sin embargo, la creciente necesidad de cambios en la sociedad chilena era tan urgente, que la actuación de los comunistas permitió el incremento de nuestra influencia, haciendo avanzar la unidad del pueblo, la movilización social y la construcción de una alternativa político-social, en la que el Partido es pilar fundamental, que llevará al triunfo a la Unidad Popular, con Allende a la cabeza, en el punto más alto de la democracia en Chile, con el aporte intenso y comprometido de todos nuestros militantes.

Este proceso se verá violentamente cortado por el golpe de Estado de 1973 que, entre muchas otras cosas, marcó en lo fundamental para los comunistas chilenos el comienzo de una crisis que hasta hoy no ha sido resuelta. Se trata del peso adquirido por una visión reformista sobre el proceso revolucionario que debería tener lugar en Chile, producto de deformaciones que no fueron oportunamente corregidas. Ello se vio reflejado contundentemente en la débil formulación de un proyecto de defensa del gobierno de la Unidad Popular, respecto a lo que se ha dado múltiples explicaciones, llegando a concluir en la existencia del llamado “vacío histórico”.

En este momento histórico, sin haber establecido claramente y a fondo la totalidad de las causas -y especialmente las de nuestra mayor competencia-, sobre la caída del gobierno popular, surge la urgencia de enfrentar los golpes represivos de la dictadura, obligando a debatir menos –o nada- y a intentarlo todo por terminar con el régimen.

Cuadros obreros de la talla de Víctor Díaz, Mario Zamorano, Uldarico Donaire, Bernardo Araya y Fernando Ortiz, caen en las garras de la dictadura y son hechos desaparecer. Algo similar ocurre con la Jota, donde la traición del Fanta, Basoa y otros, termina con las vidas de Checho Weibel y Carlos Contreras Maluje, entre tantos que podían convertirse en el relevo de los dirigentes asesinados.

La disciplina más rigurosa, impuesta por la lucha clandestina, impidió el adecuado desarrollo de un debate amplio y de la profundidad requerida. Ello se tradujo en la imposibilidad de adoptar las medidas más acertadas para superar la crisis puesta de manifiesto por la derrota política y militar sufrida el 11 de septiembre de 1973. De manera que, sin adoptar todas las medidas rectificadoras, pasamos a una nueva fase de nuestra lucha: la de la Política de Rebelión Popular de Masas.

LA PRPM

Enunciada ésta en 1980, por el Secretario General, compañero Luis Corvalán, hizo evidente las diversas visiones existentes en su interior, siendo objeto del rechazo solapado de no pocos cuadros del Partido, entre ellos, dirigentes como Ernesto Ottone, quien había sido hasta hacía poco presidente de la Federación Mundial de las Juventudes Democráticas (FMJD), posición compartida por otro dirigente de las Juventudes Comunistas, Patricio Hales.

¿Cuántos más cómo ellos fueron opositores resueltos de la PRPM y, por lo tanto, cuánto se esforzaron ya fuera por su éxito o su fracaso? Otras figuras de similar posición fueron los miembros del Comité Central José Rodríguez Elizondo y Luis Guastavino.

Así, mientras se produce la partida de un grupo que asumió posiciones socialdemócratas, se mantiene en el Partido otro sector que asume relativizar las resoluciones y, por último, asumir la PRPM y la construcción de la Fuerza Propia sólo como una forma de “asustar” a la dictadura para obligarla a negociar una salida.

Entre tanto, en el intento por rectificar el “vacío histórico”, se optó por la formación de cuadros militares sin contar con una visión clara acerca del proyecto que se pretendía impulsar. Tampoco había existido, en la historia anterior del Partido, un diseño estratégico en el cual pudiesen servir los conocimientos adquiridos y practicados, entre otros, por los destacados compañeros Oscar Riquelme (el Viejo Pablo), Carlos Toro o Felipe “Mao” Rivera.

Efectivamente, la nueva etapa en la formación de especialistas militares comenzó en 1975, sin imaginar todavía que cinco años más tarde se anunciaría la PRPM. Por lo demás, el impulso de esta iniciativa no vino precisamente desde el interior del Partido. Incluso, el proceso de formación de estos especialistas registró varias crisis durante su proceso de desarrollo, esencialmente por la ausencia de una visión estratégica, que fue sustituida por la buena intención manifiesta de que estos cuadros formarían el “nuevo ejército” que surgiera tras el derrocamiento de la dictadura. Pero primero faltaba, precisamente, el diseño estratégico para este fin fundamental.

Es sólo después del triunfo Sandinista en Nicaragua, que surge la concepción de una posible sublevación nacional, contando con actores similares en cuanto a constituir un amplio frente armado (muy similar –o igual- al sandinista) que encabezara las acciones.

De tal suerte, esta vez serían los técnicos capacitados profesionalmente, quienes vendrían a resolver el atraso del Partido adquirido a lo largo de décadas de lucha en que siempre fue minimizado el componente militar.

Incluso, el diseño defensivo elaborado antes del golpe, con la formación de los “grupos chicos”, constituidos por especialistas destinados a operaciones puntuales para contener una acción golpista, no dio cuenta de las verdaderas amenazas que acechaban al Gobierno Popular.

Ningún general, en ninguna parte del mundo debe minimizar las amenazas y, por tanto, las contra medidas. La defensa armada del Gobierno Popular no fue una tarea de todo el Partido, por lo que el trabajo militar no fue previsto como una cuestión de masas. De algún modo esta visión también actuó durante el desarrollo de la PRPM.

El cúmulo de tareas surgidas de un proyecto en que pensábamos estaba embarcado todo el Partido, sin excepción, nos hacía creer que efectivamente todos estábamos en lo mismo y que lo más importante era cumplir las tareas que emanaban del trazado realizado para terminar con la dictadura. Todo lo que fuera análisis y debate era postergado, no era urgente, por más que lo considerásemos necesario. La justeza de rebelarnos contra la tiranía fue para muchos, posiblemente para la mayoría de los militantes, una definición más que suficiente y que no requería de mayor debate. Mucho menos se hacía el tiempo para examinar los acontecimientos que precedieron a la derrota de 1973.

SALIDA PACTADA

Desde aquellos días se minó la base de lo que es un partido revolucionario, rompiendo la unidad de acción. La rigurosidad de la dictadura y el trabajo clandestino fue, a su vez, utilizado para deformar el centralismo democrático, dando paso al “orden y mando” y rebajando la importancia del intelectual colectivo.

A la derrota de la Unidad Popular, se vino a sumar el proceso que termina en la salida pactada con la dictadura y el quiebre del FPMR. Poco tiempo después se derrumbaría el “Socialismo Real”, dejando otro inmenso vacío. Un grupo, que se había constituido como fracción al interior del Partido, asume gran parte de la dirección, tomando la decisión de desarmar las estructuras militares y, junto con el desarme técnico, comenzar un proceso de desarme ideológico y moral. Las estructuras del Partido se burocratizan y una gran mayoría de las células pierde su calidad de conductoras del movimiento de masas. La crisis afecta al movimiento sindical, estudiantil y poblacional, pues no se desarrollan líneas gruesas de acción dirigidas a enfrentar el nuevo escenario.

SECRETISMO Y DESPRESTIGIO

El Partido se va desgastando en peleas intestinas y personalizadas, alejándose un número importante de cuadros al sentir que chocan contra una muralla, una máquina en realidad, que se ha adueñado del Partido.

Surgen grupos como el encabezado por Rodrigo Roco, desde las JJ.CC. en la U. de Chile, que aplican políticas reformistas hacia el movimiento estudiantil, las que eran diseñadas por dos actuales miembros de la Comisión Política, uno de ellos el actual Secretario Regional responsable del desastre en el Distrito 46.

Así como en el caso de la Octava Región, muchos dirigentes impuestos desde la Comisión Política no tienen prestigio alguno entre los militantes. Ejemplos graves sobre esto mismo, son el hecho de que el responsable político del trabajo en la alcaldía de San Fernando sea hoy el Encargado Nacional de Organización del Partido, o que tras los cambios de los dirigentes de la CUT -aún no informados al Partido-, la medida de cambiar al Tesorero Nacional a Comunicaciones, por situaciones poco claras con los dineros de los trabajadores, sea premiada con el cargo de Encargado Nacional Sindical del Partido.

Se convierte así en costumbre el hecho de premiar el mal trabajo y la irresponsabilidad con nuevos cargos en la estructura partidaria.

Otro hecho no informado al Partido, es el cambio de director en nuestro semanario El Siglo, donde algunos integrantes de la Comisión Política impusieron a alguien que no es militante comunista, hecho por el cual, en la oportunidad en que el director de El Siglo pasó a ser Encargado Nacional de Comunicaciones, el Comité Central había rechazado tal proposición.

Es así como la organización fue convertida en un campo de batalla entre grupos y personas, unos por penetrar y ser parte de la máquina, otros desde su interior, por excluir a los primeros. Y todos ellos, unos contra otros, por conquistar nuevas cuotas de poder, o aumentar las que ya poseen, afectando las confianzas y el funcionamiento de todo el Partido.

¿JUNTOS PODEMOS?

Hasta diciembre de 2005, la construcción del PODEMOS, el Juntos PODEMOS y el Juntos Podemos Más, había abierto grandes expectativas entre nuestros militantes y un número importante de gente de izquierda. Sin embargo, poco a poco se fue mostrando el verdadero camino que quería recorrer el grupo que tiene tomada la dirección del Partido y se llegó a la decisión de votar en segunda vuelta por Michelle Bachelet, dando argumentos que justificaban la opción por “el mal menor”. Dicha decisión fue impuesta por este grupo al Comité Central primero, y luego a las bases partidarias, con diversas maniobras que no

permitieron una real discusión de comunistas, como ha pasado reiterativamente en los pasos que ha dado el Partido en los últimos años.

Finalmente, la dirección aparece muy cercana al gobierno, con entrevistas frecuentes con las autoridades, mientras se aleja de la movilización social.

Toda la política aparece centrada en el fin del Sistema Binominal, como si con ello se solucionara el fondo del dilema entre democracia y neoliberalismo, mientras se deja en punto muerto la construcción del sujeto político y social antineoliberal que se suponía el motor de los cambios en esta etapa. Se reúnen firmas de notables y se sacan fotos con parlamentarios y autoridades, mientras el movimiento social sigue haciendo su camino.

Existiendo las condiciones para desarrollar un fuerte movimiento de masas, se deja de lado esta opción, cuando lo evidente es que con esa fuerza y el factor subjetivo que debe integrar el Partido, se puede avanzar en ganar batallas incluso en medio de un gobierno de corte netamente neoliberal.

El “viraje”, un intento por corregir en algo las graves deformaciones que nos han alejado de las masas y defendido tan fuertemente por la compañera Gladys Marín en el anterior Congreso, no se ha hecho realidad. La mayoría de los dirigentes sigue militando en células prefabricadas y no hay políticas para devolver al Partido su raigambre obrera y de masa.

En las resoluciones del penúltimo Pleno del CC se señala: “Los Congresos del Partido definieron que la contradicción principal a resolver en nuestro país es entre democracia y neoliberalismo y formularon la Revolución Democrática como objetivo histórico estratégico”.

Sin embargo, finalmente se deja al descubierto el real viraje que se pretende dar al Partido, aventurando ya la decisión de lo que debería ser debate del nuevo Congreso, al decir: “Para hacer avanzar ese objetivo estratégico, nos proponemos como objetivo político de los próximos años acumular fuerzas con el objetivo de alcanzar un gobierno democrático que lleve a cabo profundas reformas antineoliberales, trabajando a partir del JPM para posibilitar la unidad de todas las fuerzas políticas y sociales consecuentemente democráticas tras ese objetivo, incluídos aquellos SECTORES DEL CENTRO POLITICO que

decidan apartarse de las políticas neoliberales”. En resumidas cuentas, una nueva candidatura de la Concertación que apoye algunas reformas podría ser nuestra próxima alianza, entendiendo que, con alguna modificación al Sistema Binominal, un par de “nuestros” cuadros de dirección formarían parte del Parlamento.

De esta forma, se hace caer al Partido a posiciones que ni siquiera se tuvo antes de reconocer el denominado “vacío histórico”, pues esta decisión está acompañada de la pérdida absoluta de nuestra capacidad de incidir en las masas. Otra vez se ponen las cosas al revés, pues la única forma -incluso de elegir parlamentarios- es nuestra fortaleza en el movimiento de masas. Durante el gobierno de Frei Montalva, mientras algunos le negaban la sal y el agua, el Partido supo ponerse a la cabeza de empujar las transformaciones a favor del pueblo, incluso saliendo a la calle para defender dicho gobierno de una intentona golpista. Pero para eso hay que construir la correlación de fuerzas que permita avanzar en las conquistas populares y no quedarse como invitado de piedra a mesas que no resuelven los problemas de fondo. ¡Qué gran lección nos han dando los jóvenes secundarios!

El mismo documento de resoluciones del Pleno del CC plantea, en su parte final, un nuevo golpe a la estructura celular del Partido, al consignar: “Hay que crecer sin formalidades, audazmente. Con ASAMBLEAS DE COMUNISTAS que tengan un accionar atractivo, cultural, educador”.

Todo indica que desean convertir al Partido, enredado en asambleas socialdemócratas, en un instrumento que sea capaz de meter bulla pero no de imponer los cambios profundos que Chile requiere. Hasta ahora lo han logrado, la movilización social y sindical pasa por los costados del Partido sin ser asumidas, desde la dirección, con el potencial que ellas mismas entregan para hacer frente al modelo y sus defensores.

Es necesario dar un vuelco en la situación, hacer nosotros lo que dicen ellos que quieren hacer y no hacen. Devolvamos su misión al Partido integrándonos cada vez con mayor fuerza al movimiento de masas, desarrollemos formas de autodefensa y de trabajo militar acorde a la situación actual, ayudemos a organizar Partido, a educar y formar nuevos cuadros, rescatemos la solidaridad y la fraternidad de los comunistas, revitalicemos la mística perdida ante tanto maltrato de la dirección, preparémonos a participar de este nuevo Congreso del Partido con la frente en alto y la alegría que nos da la lucha por un mañana mejor.

Nuestra intención no es personalizar la lucha, sino confrontar ideas y actos con la responsabilidad, fraternidad y honestidad que conocemos los comunistas para devolver a nuestro Partido al sitial de vanguardia del proletariado.

Como en tiempos de Lenin, decimos hoy: “Todo el poder a los Soviets”.

Con Recabarren, Víctor Díaz, Gladys Marín y todos nuestros héroes en el corazón ¡mil veces venceremos!

COMITÉ EDITORIAL

REVISTA PRINCIPIOS

Junio, 2006.